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El fabuloso templo
de los espejos de oro
que bañan las cumbres
con vivo resplandor
y desde la hontananza,
era una hoguera de oro
que a veces opacaba,
los fulgores del sol. |
Era tal la insolencia
de las piedras perfectas
tan grandiosa grandeza
la de Saqsaywaman,
que aún suena en la historia
esa frase perfecta:
esto es obra del diablo
o portento de Dios. |